sábado, 21 de junio de 2008

El colapso de la sociedad tradicional y el Satanismo

II

En este punto, tal vez a algún lector de estas líneas se le habrá ocurrido una genial idea: retomemos los controles de la sociedad tradicional y así tendremos lo mejor de ambos mundos. Aparentemente, esa solución ya ha sido aplicada con resultados poco gratos hace menos de un siglo. Durante la Alemania Nazi, nunca hubo suficientes oficiales de la GESTAPO como para vigilar a una población tan numerosa como la alemana. Lo que ocurrió en realidad fue que los propios civiles alemanes se espiaban los unos a los otros y se tiraban dedo; es decir, se delataban los unos a los otros y se levantaban acusaciones ante la GESTAPO que así no se iba por las ramas y llegaba a donde -supongo- tenía que llegar. El pueblo alemán, como se ve, no fue tan solo la víctima ingenua de los horrores del nazismo: fue también en parte un verdugo silencioso muy colaborador. Así que esta solución –el convertirnos en una sociedad policial- no me resulta muy atractiva en esta época en que es completamente viable el “Big Brother” orwelliano. 100% de vigilancia es 0% de privacidad, nunca lo olvidemos.

Mi propia propuesta es que debemos aprender a regirnos por una ética individual que nos permita juzgar por nosotros mismos y se enfoque en el autocontrol y el disfrute de la libertad más que en la coerción. El respeto al otro como un medio para asegurar el respeto hacia nosotros mismos y el respeto al ejercicio de sus libertades para que se respete el ejercicio de las nuestras. Ciertamente, hay muchos fundamentalistas que se aprovechan de las libertades que les granjea nuestra sociedad para fomentar doctrinas que aspiran a recortar esas mismas libertades de las que gozan. Y allí sí creo que no nos debe temblar la mano para denunciar tanta hipocresía que a veces no solo esconde una agenda de cuño supremacista sino que puede calificarse de violenta o, para decirlo sin pelos en la lengua, terrorista. Es allí donde creo que debe entrar a tallar el Satanismo. Cuando las vetustas cadenas de la tradición se desmoronan, de la concepción del “todo está prohibido” debido a la coerción salvo que esta lo permita, se pasa a otra en donde “todo está permitido” –al libertinaje- porque esta ya no logra inhibirnos de nada. Es esta situación la que da pie a que los enemigos de la libertad ataquen a la sociedad liberal. Si solo hay una guía y solo funciona cuando no hay libertad, entonces hay que rechazar la libertad. ¡Falso! Los que se rigen por una moral de esclavos pueden estar dispuestos a tragarse ese sapo, pero a mí no me resulta para nada convincente, porque hay algo que solo puede florecer a plenitud en libertad y que sobrevive a las falacias de autoridad que sostienen a la sociedad tradicional: la razón.

(Continuará...)

Advocatus Satanae

sábado, 7 de junio de 2008

El colapso de la sociedad tradicional y el Satanismo

I


Una de las características distintivas y más notables de la vida urbana es el anonimato. El anonimato sobrepone imperceptiblemente sobre nuestros rostros una máscara que nos convierte en extraños de una clase diferente: somos *extraños familiares* y, por lo tanto, se nos otorga el derecho a ser tolerados. Esta disociación entre la semejanza y la condición de miembro de una comunidad no se da en las sociedades tradicionales. Allí, “para ser uno de los nuestros” –al igual que como ocurre en las tribus urbanas de hoy- debes ser igualito al miembro promedio; es decir, seguir las costumbres canónicas del grupo sin posibilidad de cuestionarlas ni mucho menos reformarlas. De este modo las sociedades pasan –como diría Durkheim- de esta “solidaridad mecánica” basada en la uniformidad y el aislamiento a la “solidaridad orgánica”, la cual incluye cierto grado de diversidad e interdependencia. Una vez que se le pierde bastante el miedo al *extraño* –léase, al diferente- es más fácil para esta clase de ciudadanos interactuar con personas de otras sociedades, con extraños más distantes en el espacio y la diferencia. No todo es color de rosa, por supuesto, pero la concordia humana me parece más factible a partir de este tipo de hombre que de aquel otro enclaustrado en su provincialismo arcaico. No he tenido la fortuna de conocer a ninguna persona perteneciente a una sociedad tradicional que pueda calificarse sin exageración de cosmopolita. Si alguien conoce algún caso que me contradiga, páseme la voz por favor.

Pero el anonimato que, por un lado, nos permite besarnos con nuestra novia en el parque sin sentirnos observados y hablar con un amigo en un café atestado sobre problemas un tanto personales, también hace posible esa soledad extrema que lleva a la depresión: dos de los grandes males de nuestro tiempo a la par del narcisismo, otro consecuencia de la soledad. Ambas no son sino desequilibrios que expresan las tensiones a las que somos sometidos a nivel individual. Y a nivel social –que es sobre lo que versa este ensayo-, también se manifiestan síntomas de que hay algo que está mal. Me refiero a la violencia urbana que se ve atizada tanto por la pobreza –que de ser marginación ha pasado a ser exclusión- como por las expectativas frustradas de consumo. Sin embargo, y contrario a lo que podría pensarse, este problema no es tan reciente como se suele creer:

"As noted, Greco-Roman cities required a constant and substantial stream of new-comers simply to maintain their populations. As a result, at any given moment a very considerable proportion of the population consisted of recent newcomers--Greco-Roman cities were peopled by strangers. It is well known that the crime rates of modern cities are highly correlated with rates of population turnover…This is because where there are large numbers of newcomers, people will be deficient in interpersonal attachments, and it is attachments that bind us to the moral order." [Stark, The Rise of Christianity (Princeton):156f]

Así, pues, vemos que el problema de la cohesión social resulta ser tan antiguo como la propia existencia de las grandes ciudades. Al no ser todos conocidos, siempre se da un componente de sospecha y de agresividad –por lo general- latente en nuestro vivir el día a día en las ciudades. La vieja moral ya no nos contiene porque no está en sintonía con la nueva realidad en la que nos movemos: la realidad del anonimato. Pero deberíamos cuidarnos de solucionar esto proponiendo un retorno a la sociedad tradicional si tal cosa fuera posible o en la medida en que lo fuera. Vivir en una sociedad tradicional no es lo mismo que vivir como en la serie “La Familia Ingalls” (“La Casa de la Pradera” en otros países) No olvidemos con tanta presteza el sabio dicho popular que dice “pueblo chico, infierno grande”. Porque lo es, efectivamente. Imagínate lo que sería salir con la chica o el chico que te gusta pero que no le cae bien a tus padres. Mejor aun, imagínate como NO sería, porque no podrías: hace rato que le habrían pasado la voz a tus padres y ya verías la buena bronca que se arma. Tendrías a todo un ejército de vecinas chismosas al acecho 24 horas al día, los 7 días de la semana, todo el año y durante toda tu vida. ¿No es un escenario muy tentador, no es cierto? Claro que los llorones del ayer vendrán a decir que antes había respeto y habían más valores y todo ese rollo. Yo me limitaría a responderles que si tanta gracia les hace la sociedad tradicional, ¿por qué no se van a vivir a allá? Además, ¿por qué usan computadoras e Internet, ambos productos de la sociedad postradicional? La respuesta es muy simple: porque quieren lo bueno de la sociedad urbana sin pagar el precio –enfrentar los retos- de vivir en ella. Sinvergüenzas.

(Continuará...)

Advocatus Satanae