sábado, 16 de agosto de 2008

Discriminación por Fiestas Patrias

Como es costumbre en mi país, el 28 de julio –día en el que los peruanos celebramos la proclamación de nuestra independencia-, el Presidente Alan García asistió al Te Deum oficiado por el Arzobispo de Lima y también Cardenal Juan Luis Cipriani. Pero ahí no acabó todo… Con posterioridad, en otra fecha, nuestro ¿querido? Presidente asistió a una especie de anticumbre –usando la jerga de los izquierdistas- oficiada en esta ocasión por ministros evangélicos. En este conciliábulo extraoficial –recordemos que esta ceremonia todavía no pasa de ser un gesto de la vocación presidencial por el equilibrismo- estaba presente, entre otros, un excandidato presidencial que se quedó con los crespos hechos y es afín a esa corriente religiosa. Y para poner la deliciosa cereza sobre el pastel, todo esto ocurre, según me acabo de enterar por mis recientes investigaciones sobre la materia, por tercer año consecutivo. No está mal, nadita mal… Bueno, en realidad, sí que está mal. Por eso me animo a lanzarles esta pregunta algo inesperada: ¿se imaginan ustedes ver algún día al Presidente de la República asistiendo a un Te Deum satánico? ¡Vaya! A mí me parece que sería algo chévere –más aburrido que los dos eventos antes mencionados, imposible que sea-, aunque no tanto porque me caiga bien “Patadita” García como por cuanto que disfrutaría al verle la cara a nuestra pacatería local rasgándose la vestiduras y las poses hipócritas de siempre.

Muy aparte de los evidentes problemas “técnicos” que surgirían si intentáramos llevar a cabo esta propuesta –como, por ejemplo, decidir quién oficiaría la ceremonia, bajo qué criterios se podría decir que la ceremonia puede ser considerada como satánica, a partir de qué corriente de satanismo se prepararía el sermón que, supuestamente, representaría nuestro sentir y otros miles de otros asuntos que me parecen insalvables por el momento dada la extrema fragmentación que impera en nuestra colectividad, que no comunidad-, el punto al que quiero llegar es que eso no solucionaría de ninguna manera el problema de la poco encubierta confesionalidad cristiana del Estado peruano. Incluso si se le diera un espacio de ese calibre al Satanismo no me sentiría contento, porque me precio de ser una persona que aspira a una justicia que sea universal en la medida de lo posible. Y la posibilidad de que el Satanismo sea aceptado al interior de la pandilla de las religiones privilegiadas por el Estado peruano mientras se sigue excluyendo arbitrariamente a una porción tal vez minoritaria -pero no por eso menos ciudadana- de nuestros compatriotas con opciones religiosas menores en términos numéricos, no se me hace tampoco muy decente que digamos.

La democratización, señores, no pasa por una repartija más generosa de los privilegios. Una verdadera democratización pasa por la *eliminación* de esos absurdos privilegios que, por definición, son concedidos a discreción gracias a la arbitrariedad en el ejercicio del poder. O, si se quiere, por la “benevolencia” del gobernante de turno y su estado de ánimo. Lo cual no debería darle muchas esperanzas a los satanistas tomando en cuenta el proverbial gusto por el litio de nuestro Presidente… Olvídenlo, pero sin mucha pena: no nos habría servido de mucho tampoco aparte de como una prueba de que la fe mueve montañas… Sin embargo, la oficialización de este “Te Deum alternativo“ -en el caso de los evangélicos- no me parece para nada como algo que sea imposible de concretarse en el mediano plazo; especialmente si tomamos en cuenta el vigoroso ritmo de crecimiento que está revelando esta fe no solo en mi país, sino también en el resto de Latinoamérica. Sin embargo, solo se le hará un muy flaco favor a lo que queda del movimiento peruano en favor de la democracia si seguimos insistiendo erróneamente -bajo un discurso más ‘amigable’ o más ‘ecuménico’ por decirlo de alguna manera-, en una mentalidad que no solo es abiertamente excluyente sino, además, subrepticiamente confesional.

Advocatus Satanae

sábado, 2 de agosto de 2008

El colapso de la sociedad tradicional y el Satanismo

V


Con el paso del tiempo, resulta cada vez menos viable que nuestras ciudades de hoy -tan heterogéneas y pobladas de extraños- sigan dependiendo exclusivamente de *una moral de la contención* para hacer posible la convivencia. A mi parecer, necesitamos ahora de una ética de la libertad que la complemente desde el individuo y que a la vez libere a los ciudadanos de estas urbes cosmopolitas de los atavismos más indeseables de la sociedad tradicional tales como el odio al otro por ser diferente y la inercia mental.

No bastará con que abandonemos el cristianismo pues otra moral de esclavos, sin lugar a dudas, ocupará su lugar inmediatamente. Si resulta familiar –fácil de asimilar- y da la apariencia de nueva –de renovación-, ¿cuántos ingenuos no habrán que se dejen seducir por un espejismo así presentado? Ya he visto muchos. Los he conocido personalmente. Allí están, por ejemplo, los *marxistas* –autodenominados “socialistas”, porque hasta ellos mismos reconocen en su fuero interno que esa palabra es apestosa y solo propia de apestosos- o los musulmanes –cuya bandera es la sumisión, así, sin ambages-. Y por eso no extraña que algunos desencantados entre aquellos rojos se pasen al bando de estos tal y como ha venido ocurriendo en España. (Hablaremos de esto en una próxima ocasión)

Los latinoamericanos tenemos una historia que nos condiciona negativamente. Nuestras sociedades prehispánicas –al igual que todas las sociedades premodernas- eran adversas a la libertad. Los indigenistas, al exaltarlas tan acríticamente, no hacen una excepción para el incuestionable carácter autoritario de las mismas. Y en el caso peruano, la figura del inca llega a ser mistificada hasta unas alturas que solo se pueden alcanzar al interior de una mentalidad intocada por la Ilustración. A esto sumémosle la unión infame en el fomento del autoritarismo de la Corona española, la Iglesia y el Ejército y tendremos a la vista el tipo de cultura que nos sigue lastrando hasta el día de hoy. Una República no podía funcionar en una sociedad donde por todas partes se respiraba el engañoso aroma de la moral de los esclavos. No nos extrañe que no funcionara en nuestro caso y que aun sea tan imperfecta. Como lo demuestra el caso de Estados Unidos, sin individuos no se puede erigir una República, porque se carecería de la materia prima indispensable para hacer ciudadanos. La ética estadounidense –por individualista, no por protestante- fue lo que elevó a ese país a la condición de potencia. La moral de los esclavos que nos inclina a bajar la cabeza, a no mirar hacia la estrella más distante del cielo, por el contrario nos ha atascado durante largo tiempo en la chateza material, en la mediocridad cultural y en la decadencia espiritual. Repito: ¡es hora de abandonarla de una buena vez! El mundo que la generó se desmorona detrás de nosotros. Dejemos, pues, que se deshagan ambos.

(Fin)

Advocatus Satanae