V
Con el paso del tiempo, resulta cada vez menos viable que nuestras ciudades de hoy -tan heterogéneas y pobladas de extraños- sigan dependiendo exclusivamente de *una moral de la contención* para hacer posible la convivencia. A mi parecer, necesitamos ahora de una ética de la libertad que la complemente desde el individuo y que a la vez libere a los ciudadanos de estas urbes cosmopolitas de los atavismos más indeseables de la sociedad tradicional tales como el odio al otro por ser diferente y la inercia mental.
No bastará con que abandonemos el cristianismo pues otra moral de esclavos, sin lugar a dudas, ocupará su lugar inmediatamente. Si resulta familiar –fácil de asimilar- y da la apariencia de nueva –de renovación-, ¿cuántos ingenuos no habrán que se dejen seducir por un espejismo así presentado? Ya he visto muchos. Los he conocido personalmente. Allí están, por ejemplo, los *marxistas* –autodenominados “socialistas”, porque hasta ellos mismos reconocen en su fuero interno que esa palabra es apestosa y solo propia de apestosos- o los musulmanes –cuya bandera es la sumisión, así, sin ambages-. Y por eso no extraña que algunos desencantados entre aquellos rojos se pasen al bando de estos tal y como ha venido ocurriendo en España. (Hablaremos de esto en una próxima ocasión)
Los latinoamericanos tenemos una historia que nos condiciona negativamente. Nuestras sociedades prehispánicas –al igual que todas las sociedades premodernas- eran adversas a la libertad. Los indigenistas, al exaltarlas tan acríticamente, no hacen una excepción para el incuestionable carácter autoritario de las mismas. Y en el caso peruano, la figura del inca llega a ser mistificada hasta unas alturas que solo se pueden alcanzar al interior de una mentalidad intocada por la Ilustración. A esto sumémosle la unión infame en el fomento del autoritarismo de la Corona española, la Iglesia y el Ejército y tendremos a la vista el tipo de cultura que nos sigue lastrando hasta el día de hoy. Una República no podía funcionar en una sociedad donde por todas partes se respiraba el engañoso aroma de la moral de los esclavos. No nos extrañe que no funcionara en nuestro caso y que aun sea tan imperfecta. Como lo demuestra el caso de Estados Unidos, sin individuos no se puede erigir una República, porque se carecería de la materia prima indispensable para hacer ciudadanos. La ética estadounidense –por individualista, no por protestante- fue lo que elevó a ese país a la condición de potencia. La moral de los esclavos que nos inclina a bajar la cabeza, a no mirar hacia la estrella más distante del cielo, por el contrario nos ha atascado durante largo tiempo en la chateza material, en la mediocridad cultural y en la decadencia espiritual. Repito: ¡es hora de abandonarla de una buena vez! El mundo que la generó se desmorona detrás de nosotros. Dejemos, pues, que se deshagan ambos.
(Fin)

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