III
En las sociedades tradicionales no existen individuos: solo hay un *cuerpo social* que tiene *partes*. Es decir, no existe la noción de que una persona –en tanto individuo- es ya un todo en sí mismo y que es valioso por sí mismo al margen de que forme parte de un todo mayor, de tal o cual sociedad. El hombre solo vale en función de la sociedad; es decir, se invierte lo que dice nuestra Constitución en su artículo primero: “La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el *fin* supremo de la sociedad y del Estado” (negritas mías). Sino recuérdese la más que célebre alegoría que Pablo emplea en sus Epístolas:
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.” (1 Corintios 12,12)
“…porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador.” (Efesios 5,23)
Una idea que sería desempolvada posteriormente por los totalitarismos del siglo 20 que, en cierto modo, no fueron más que movimientos reaccionarios de origen romántico que pretendían devolvernos a todos al *paraíso perdido* de la sociedad tradicional, pero con las comodidades más modernas disponibles. Aun vivimos este proceso de abandono de la sociedad tradicional en nuestros días –el paso de una humanidad eminentemente rural a una predominantemente urbana es prueba de ello-, pero en tanto que no consigamos articular un discurso coherente hacia ella el malestar que este tránsito genera no cesará y nos pondrá siempre al borde de caer en las garras de los caudillos, esos jefes tribales de las naciones de hoy. Chávez, ¿me oíste?
(Continuará...)
Advocatus Satanae

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